Little Amélie: la infancia como territorio sagrado en la joya animada del año
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Little Amélie: la infancia como territorio sagrado en la joya animada del año

En una categoría históricamente asociada al dominio de los grandes estudios estadounidenses, especialmente The Walt Disney Company y Pixar Animation Studios, la animación internacional ha ido ganando terreno en los últimos años dentro de los Premios Oscar. Títulos como Bienvenidos a Belleville, Ernest y Celestine, Loving Vincent, La vida de Calabacín o Robot Dreams han demostrado que la creatividad no entiende de fronteras. En ese contexto, Little Amélie no solo compite: deslumbra.

Dirigida por Maïlys Vallade y Liane-Cho Han, la película apuesta por una premisa tan sencilla como arriesgada: contar la historia desde la mirada absoluta de una niña pequeña que se siente el centro del universo. Y lo hace sin concesiones. La cámara —y el relato— no abandonan jamás ese punto de vista. Todo lo que ocurre está filtrado por su lógica, su fantasía y su desconcierto.

Lo que podría parecer una crónica amable sobre una familia occidental instalada en Japón se transforma pronto en algo más complejo. Bajo la superficie luminosa emergen cuestiones como la memoria histórica, las heridas aún abiertas de la Segunda Guerra Mundial o la presencia inquietante de la muerte. Sin embargo, el film evita el dramatismo explícito y opta por la sugerencia. La dureza se insinúa, nunca se impone, lo que permite que la película funcione tanto para el público adulto como para el familiar.

Little Amélie. / Productora.
Little Amélie. / Productora.

Uno de los mayores logros de Little Amélie es su honestidad emocional. En apenas 78 minutos, la cinta captura la intensidad desmesurada con la que los niños viven cada descubrimiento. Un llanto adulto puede convertirse en una catástrofe cósmica; un frasco puede contener el océano entero. La protagonista se percibe a sí misma como una suerte de deidad infantil, capaz de explicar el mundo desde su imaginación. Y la película respeta esa convicción sin ironía ni superioridad.

Little Amélie. / Productora.
Little Amélie. / Productora.

Visualmente, el largometraje apuesta por una animación en 2D de inspiración acuarelada que rehúye el exhibicionismo técnico. La estética no busca eclipsar la historia, sino acompañarla. Los colores vivos y la fluidez del trazo construyen un universo delicado donde el asombro tiene tanto peso como el miedo. Japón no aparece como un decorado exótico, sino como un espacio orgánico que moldea la experiencia de la protagonista.

Narrativamente, la estructura puede resultar episódica. La historia avanza a través de pequeños momentos aparentemente autónomos que, unidos, forman un mosaico emocional. No hay grandes giros ni clímax convencionales: lo que importa es el tránsito interior de la niña, su paulatino choque con una realidad que empieza a intuir pero aún no comprende.

 

En última instancia, Little Amélie habla de pertenencia. De cómo la familia se construye no solo por la sangre, sino por los vínculos que elegimos y que nos sostienen cuando el mundo deja de ser un lugar seguro. La película logra algo poco frecuente: recuperar la intensidad de la primera mirada, esa sensación de que todo —lo bello y lo terrible— cabe en un mismo instante.

Más que una proeza visual, esta obra es una declaración de principios sobre la infancia entendida como territorio serio, complejo y digno de respeto. Una experiencia que no busca agradar a todos, sino permanecer en quien se deje atravesar por su sensibilidad. Y cuando eso ocurre, el efecto es difícil de olvidar. @mundiario

 

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