La reforma electoral ¿Higiene democrática o un ajuste de cuentas?
El Proyecto de Reforma Electoral finalmente desembarcó en el Senado y lo hace en el momento menos oportuno de la era Milei, o quizás en el más calculado. Mientras el bolsillo de los argentinos manda y la urgencia es estirar el sueldo que agoniza antes de fin de mes, la política se entretiene rediseñando su propia arquitectura. Entre escándalos de pasillo y la confesión oficial de que los votos hoy no están, comienza una pulseada donde lo que se dice es importante, pero lo que se calla es determinante.
Detrás del argumento seductor del ahorro (los famosos 45.000 millones de pesos que costaron las últimas PASO de 2023), que funciona como el anzuelo perfecto para una sociedad agotada, ¿se esconde una trampa diseñada para dinamitar el tablero ajeno? La consigna de que “cada partido pague sus internas” suena a justicia divina para el ciudadano, pero para el poder es una sentencia: sin fondos públicos, la democracia se privatiza. A este escenario se suma el intento del Gobierno por transparentar un sistema donde, según denuncian, solo el 10% de los fondos está registrado mientras que el 90% permanece sin declarar.
La inclusión de Ficha Limpia es el “caballo de Troya” ideal. Comunicacionalmente es una jugada maestra; ¿quién se anima a votar a favor de los corruptos? Sin embargo, políticamente es un elemento de extorsión para forzar a los aliados a pactar la eliminación de las PASO, una movida que deja a la oposición dialoguista sin brújula para ordenar sus propias filas. Pero el verdadero filtro será el Senado, el histórico refugio de los gobernadores que hoy no están para gestos de caballerosidad. Esta gestión les enseñó a la fuerza una lección amarga: primero obedecer y luego padecer.
Hoy son todos presos de la misma asfixia, sin obras, sin fondos y con las provincias en llamas.
La pulseada real no será por la transparencia, será por la supervivencia. Los mandatarios provinciales no le van a pavimentar el camino al Presidente sin garantías de que sus propios territorios queden a salvo. Para ser ley, el proyecto debe sobrevivir a una aritmética parlamentaria que hoy es pura ciencia ficción: 129 votos en Diputados y 37 en el Senado. En definitiva, esta no es una discusión electoral, es una guerra por el nervio del sistema: quién se queda con el poder. Lo que viene no es un debate legislativo, es una negociación.
La reforma está en marcha, pero el escenario está lejos de ordenarse.

