Outsiders de alquiler: la política profesional se busca un milagro para 2027
Hay una cifra que debería helar la sangre de cualquier dirigente político argentino, pero que, previsiblemente, no les quita el sueño: cuatro de cada diez ciudadanos ya no quieren saber nada con nadie que provenga de la política tradicional. Cualquiera. Da lo mismo el partido, el color, la coalición o la vieja rivalidad entre peronistas y radicales. La política profesional, en su conjunto, ha sido declarada en cuarentena por una parte considerable de la sociedad, que además señala que la corrupción y la inseguridad son los principales frenos para el crecimiento del país. La paradoja, sin embargo, es monumental. Mientras ese cuarenta por ciento mira con desprecio a los dirigentes de siempre, los propios dirigentes de siempre están haciendo exactamente lo mismo: buscando desesperadamente a alguien que no sea como ellos. El politólogo Andrés Malamud lo describió con una claridad que debería dar vergüenza ajena: hoy son los políticos profesionales —desde Cristina Kirchner y Mauricio Macri hasta figuras como Monzó o Pichetto— quienes andan “repletos de gente” tratando de encontrar a un outsider que los salve. No buscan ser candidatos. Buscan encontrar a alguien externo que tenga la suerte, el carisma o el desconocimiento del oficio para seducir a un electorado que ya los repudia. Es el acto más patético de la política argentina reciente: la casta buscando a su propia alternativa, el sistema tratando de comprar un salvador que no pertenezca al sistema, como si un barco a punto de hundirse encargara un bote salvavidas pero insistiendo en que el timonel no sepa nadar.
Todo esto ocurre, además, bajo el gobierno de Javier Milei, el último outsider que llegó con la promesa de romper todo. Pero hoy, con más de dos años de gestión encima, la ilusión se ha ido desinflando como un globo con una pequeña pero insistente fuga. Cinco de sus nueve ministros pertenecieron a la gestión de Macri —esa misma que juraron enterrar—, el sistema de sobresueldos que tanto criticaron sigue intacto, y la famosa dolarización nunca llegó. El electorado, pragmático como pocos, ya lo anotó: hacen lo mismo que todos los demás. El problema no es que Milei haya sido un mal outsider. Es que, al asumir, dejó de serlo. Y la política tradicional, con su capacidad infinita para absorber y neutralizar a los recién llegados, lo envolvió en sus redes. Ahora, los mismos que lo aclamaban como la motosierra están buscando al próximo elegido. Porque la cultura argentina del salvador es así de cansina: siempre falta uno nuevo, porque el anterior siempre termina siendo parte del problema.
La encuesta de DC Consultores ya tiene nombres. Y, como era de esperar, no hay ningún intendente, ningún gobernador, ningún diputado con años de carrera en el listado. El favorito en términos de imagen positiva es Marcos Galperin, el dueño de Mercado Libre, con un treinta por ciento; ha negado una y otra vez su interés en la política, pero su perfil crítico del peronismo y su éxito empresarial lo convierten en el candidato soñado por ese treinta por ciento que quiere un gerente, no un político. Le sigue Mario Pergolini, con un dieciocho por ciento, el conductor que ya vaticinó que el sucesor de Milei no saldrá de un partido tradicional sino de plataformas nuevas como el streaming. Pero hay un tercer nombre que, aunque en la tabla de imagen quede último con apenas un ocho por ciento, resulta el más inquietante de todos: Dante Gebel. Porque mientras Galperin niega y Pergolini especula, el pastor ha hecho lo que ningún otro outsider de la lista se ha animado a hacer: armar un operativo político con nombre y apellido. Su espacio “Consolidación Argentina” ya está en movimiento, su show “PresiDante” no es un chiste sino una plataforma de lanzamiento, y su entorno trabaja a destajo para construir la estructura que le permita saltar a la arena en cuanto el reloj marque la hora. La estrategia de Gebel es tan simple como efectiva: pescar en el río revuelto de los que se cansaron de Milei pero no quieren volver al kirchnerismo, ofreciéndoles una tercera vía envuelta en lenguaje de superación personal, fe evangelista y una imagen de pulcritud que ningún político tradicional puede ni soñar.
Lo curioso es que Gebel, a diferencia de Galperin o Pergolini, no necesita inventar nada. Él ya tiene un público cautivo, una red de seguidores que lo sigue a donde vaya, y una experiencia de décadas hablándole a multitudes desde un escenario. El salto de la iglesia al palco político es, para él, apenas un cambio de atril. Y mientras los dirigentes profesionales se desgarran las vestiduras buscando un salvador, Gebel ya está ahí, sonriente, con la Biblia bajo el brazo y un discurso de centro que promete cerrar la grieta sin mencionar nunca la palabra ajuste. Porque ese es su verdadero negocio: vender esperanza sin tener que explicar después por qué los hospitales universitarios cierran o por qué los salarios docentes se derrumban. El pastor puede hablar de familia, de valores, de unidad nacional, y nunca tendrá que rendir cuentas por una partida presupuestaria. Es el outsider perfecto: todo promesa, ninguna gestión previa que lo condene.
Hay otro dato de esa misma encuesta que merece una reflexión aparte y que juega directamente a favor de Gebel: más de la mitad de los consultados cree que el futuro del espacio político debería ser de centro. El pastor, con su sonrisa amable y su mensaje edulcorado, puede ocupar ese territorio baldío como nadie. No es kirchnerista, no es mileísta, no es macrista. Es, simplemente, Dante Gebel. Un hombre que habla de Dios y de patria sin necesidad de ensuciarse las manos con la política real. El problema, claro, es que el centro no existe como lugar político estable; es apenas un punto de pasaje entre dos extremos que siempre terminan devorándolo. El electorado quiere un outsider moderado, pero el outsider, por definición, es inmoderado, es desordenado, es justamente el que no encaja. Y Gebel, con su estructura montada y su discurso amable, corre el riesgo de ser devorado también. O peor: de terminar haciendo exactamente lo mismo que todos los demás, porque la casta no es una condición de origen, sino una conducta que se adquiere con el poder.
El año electoral se acerca, y con él el desfile de los salvadores de turno. Alguien ocupará el lugar de Milei, así como Milei ocupó el lugar de Macri, y Macri el de Cristina, y Cristina el de Néstor. La rueda del outsider que se vuelve casta sigue girando, y nadie parece dispuesto a bajarse de ella. Dante Gebel, con su operativo más avanzado que el de cualquier otro nombre en la lista, ya está calentando motores. Sabe que el momento es ahora, que la paciencia social se agota, que el cuarenta por ciento que ya no cree en nadie está desesperado por creer en alguien. Y él está ahí, con la sonrisa lista y el atril preparado. Mientras tanto, ese cuarenta por ciento seguirá mirando con desconfianza. Y tendrá razón. Porque mientras la política profesional busque afuera lo que no puede generar adentro —honestidad, coherencia, renovación genuina—, el vacío seguirá siendo el mismo, solo que con otro nombre, otro rostro y otra promesa que, tarde o temprano, también se desmoronará. El outsider del 2027 llegará. Quizás sea un pastor. Quizás un empresario. Quizás un conductor de streaming. Pero para el 2031, lo estaremos reemplazando por otro. Hasta que, algún día, la política argentina entienda que los salvadores no se importan: se construyen, se forman, se exigen. Y que la casta no es una categoría ontológica, una mancha que se hereda o un carnet que se saca al nacer. La casta es una conducta. Y esa conducta, por ahora, sigue intacta. Solo que con mejores asesores de imagen y, en el caso de Gebel, con una estructura que ya está armada mientras los demás todavía discuten si les interesa la política.
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