Panorama Internacional: algo más que las urnas polarizadas de las Américas
Las elecciones en Colombia, con la victoria del empresario Abelardo De la Espriella, amplifican el giro a la derecha en la región luego de Argentina, Chile, Bolivia, Honduras o Costa Rica. Se trata del movimiento inverso hacia la centroizquierda o alternativas similares que marcó los primeros quince años del siglo. Aquella fue una etapa de cierta bonanza por los precios de los commodities alimenticios y energéticos; esta, en cambio, una de escaseces que pegan en un amplio espacio de las poblaciones, cancelando o comprometiendo el crecimiento personal. La CEPAL suele describir ese defecto como “una doble trampa de bajo crecimiento y alta desigualdad, y la erosión de la movilidad social que se vivió en la década previa”.
Es lo que ha ocurrido también en el balotaje peruano, con el agravante de que allí la división entre derechas y centroizquierdas ha dado paso a denuncias de fraude y al riesgo de violencia por parte del candidato perdedor, Roberto Sánchez, quien rechaza reconocer la victoria de Keiko Fujimori. Es una mitad del país que duda de la otra.
La observación es importante para medir el fenómeno y, de paso, desmontar algunos mitos sobre este proceso que exhibe dos características principales. Como ocurrió antes con el rumbo opuesto, los electores giran hacia un experimento de gobernanza en la otra vereda del abanico ideológico, erigiendo en algunos casos a desconocidos, pero lo hacen limitándole el poder a la novedad. Es el producto de comunidades en extremo polarizadas y descreídas, frustración que ha crecido de modo exponencial. Politólogos como Steven Levitsky advierten además que esa reacción tiene rasgos efímeros: al tiempo que se colapsa el sistema de partidos tradicionales “no crea identidades ideológicas fuertes, sino un voto de castigo reactivo y altamente volátil”.
Resulta claro que las sociedades intentan hallar un rumbo, por momentos a manotazos, en un espacio donde se vive peor que en el pasado, cuando se creía que el sistema funcionaba. En ese sentido, el voto opera más allá de qué bandera ideológica abrigue quien lidera. De ahí también que no se elija con la seguridad de que esas demandas serán resueltas por los ganadores, lo que ayuda a comprender tanto la polarización como los caudales de voto en blanco o anulado, o la ausencia directa de interés por sufragar.
La simplificación entre izquierda o derecha, como ya hemos señalado aquí, sigue siendo un vector confuso para caracterizar adecuadamente este panorama. La región, en su casi totalidad, está dentro del marco capitalista, con mayor o menor presencia estatal dependiendo de las condiciones coyunturales, pero la diferencia radica en cómo se distribuye la renta. Por supuesto, pesa también el furor por la desconexión o los gestos de subestimación de la dirigencia.
Un caso interesante en relación con estas observaciones y sobre las razones profundas del voto lo ofrece EE.UU. en estas horas. El alcalde socialdemócrata de Nueva York, Zoran Mamdani, mostró un importante músculo político al imponer a tres de sus candidatos en las internas del Partido Demócrata, desplazando a la cúpula tradicional de la agrupación. Lo hizo apenas meses después de haber sorprendido al derrotar a Andrew Cuomo en las primarias partidarias para la alcaldía. Puede estar indicando una derivación inesperada para la oposición respecto a cómo erigirse como alternativa del extremismo trumpista.
El alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, se dirige a los simpatizantes de la candidata demócrata al Congreso, Darializa Avila Chevalier. Foto APEl líder republicano frustró las expectativas de un amplio regimiento de votantes que suponían que resolvería los problemas de ingresos pendientes desde la pandemia. A eso agregó una persecución enfermiza de los inmigrantes —particularmente latinos, blanco de una cacería racista— y, adicionalmente, una alianza con el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. Esta última ha creado una fuerte resistencia en EE.UU. por la guerra de arrasamiento en Gaza y la confusión de suponer que una bandera palestina (entidad política reconocida por 157 de los 193 Estados miembros de la ONU) es un símbolo antisemita.
Si en América Latina la frustración por las gestiones fallidas de los experimentos socialdemócratas o supuestamente progresistas llevó a experimentar con formas de derecha, en EE.UU. sucedería, en cierta medida, lo contrario. No se trata de extremos, y no solo ocurre allí. El derribo del populista prorruso Viktor Orbán en Hungría, un dirigente que dio paso a una enorme estructura de corrupción, fue a manos de un politico de derecha aliado de Europa; un ejercicio que, de paso, dejó la pista de que el liberalismo conserva aún vigor.
Crisis y distribución del ingreso
El apagón de la distribución del ingreso y la caída de las expectativas republicanas marcan particularmente a una región como la nuestra, que es actualmente la más desigual del planeta. Si bien entre 2000 y 2014 aproximadamente millones de personas salieron de la pobreza en este espacio por aquel boom de las materias primas e incluso surgieron nuevas clases media, ese camino se derrumbó por los efectos tardíos de la gran crisis económica global de 2008/2009, agravada luego por la que trajo la pandemia de Coronavirus.
Un reciente informe del Banco Mundial reconoce que “los avances sociales de una década en América Latina se estancaron de golpe; la vulnerabilidad económica actual hace que la clase media emergente corra un riesgo constante de caer nuevamente en la pobreza”. Al mismo tiempo la pérdida del desarrollo individual genera un enojo difuso en la población, que políticos populistas por izquierda o derecha canalizan con la promesa de romper el sistema.
En el caso de Colombia se advierte ese trasfondo, pero también la cautela del electorado. El gobierno saliente de Gustavo Petro deja un país con 31,8% de pobreza, la cual fue reducida desde el 34,6%, pero sigue alta- y otro tanto del orden de 30% que vive al borde de sus necesidades mínimas. Poco más de la mitad de la mano de obra permanece en la informalidad. Petro mejoró el ingreso de los sectores más vulnerables, pero no resolvió las expectativas de desarrollo de la sociedad.
Sobre esa frustración se montó De la Espriella, un abogado con una pintoresca admiración por Trump, que hizo campaña prometiendo el despido de 700 mil empleados públicos para reducir el déficit estatal, además de otras ideas un poco aventuradas sobre cómo combatir con bombardeos a las bandas guerrilleras o retirar a su país de organizaciones como la ONU. Los colombianos le dieron el gobierno, pero le limitaron el poder, particularmente en el Congreso fragmentado entre bloques semejantes de derecha centro e izquierda que obligará a una cuidadosa y sutil negociación.
Iván Cepeda, el candidato oficialista, que, al revés de las denuncias alocadas de Petro sobre fraudes o manipulaciones, reconoció la victoria de su rival, será desde ahora el principal líder opositor. La importancia de ese lugar la mide un dato básico: De la Espriella ganó con una ventaja de apenas 250 mil votos sobre 25 millones de sufragios. Deberá aprender política en un curso rápido para entenderse con la mitad del país que no lo aceptó.
Keiko Fujimori, ganadora de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú. Foto EFEEl caso de Perú tiene claves semejantes, pero también importantes diferencias. La división del país es mucho más aguda e imprevisible. Los dirigentes enfrentados, que fueron rechazados por el 80% de la poblaciones en la primera vuelta, son políticos veteranos, en particular Keiko Fujimori, quien ha manejado el país el último lustro o poco más desde el Parlamento, incluyendo el control de la caja del Presupuesto nacional a despecho de que lo prohíbe la Constitución. No es claro si cederá ese privilegio, que es una demanda clara de las cámaras empresarias.
El interior del país que sostuvo la candidatura socialista, ya no confía en la capital desde las masacres de Ayacucho y Puno durante el pasado gobierno de Dina Boluarte, quien fue una empleada directa de la argamasa clientelar del Congreso. Ese sector desengañado de las sierras, de los espacios que no son tenidos en cuenta, no quiere negociar con la capital, quiere ser la capital, y esa demanda comprometerá la gobernabilidad de la nueva presidente.
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