El oficio como herencia: la historia del diariero que resiste en Roca y Kennedy
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El oficio como herencia: la historia del diariero que resiste en Roca y Kennedy

Entre el viento, la resistencia y las ausencias, Raúl guarda un oficio que aprendió de niño y honra como un acto de amor familiar.

Hay esquinas que no son solo un cruce de calles; son altares de la memoria urbana. En la intersección de las avenidas Kennedy y Roca, donde el asfalto late al ritmo de la ciudad, el Día del Canillita no se celebra con grandes fiestas ni ceremonias, sino con la quietud y la dignidad del trabajo cotidiano.

Allí está Raúl Picón, de pie, erguido frente a la brisa de la mañana, sosteniendo bajo el brazo no solo una pila de periódicos, sino la historia entera de su vida. “Vendo diarios acá en Roca y Kennedy desde que tengo 14 años, ahora tengo 51 años. Ya son 36 años que llevamos adelante esta parada”, asegura mientras rememora al repasar las décadas transcurridas sobre el boulevard.

Era apenas un adolescente cuando empezó a andar entre tinta y titulares. La esquina, con el tiempo, se transformó en un legado sagrado: por allí pasó primero su padre, con el oficio a cuestas; más tarde tomó la posta su hermano, hasta que el destino decidió llevarse a ambos. Ante la ausencia y el dolor, Raúl no lo dudó un instante y volvió al puesto para que la linterna de la parada no se apagara jamás.

“Acá vendió diarios mi papá, falleció, luego vendió diarios mi hermano. Cuando el falleció me vine a seguir con la parada”, cuenta con la sencillez de quien transformó el duelo en un compromiso diario.

“El diario es una pasión”, confiesa Raúl con la humildad de los trabajadores de siempre. Con las décadas, la esquina se volvió un hogar al aire libre donde el saludo es la moneda corriente.

“Yo soy muy amiguero, y es como todos te conocen acá pero cada vez van quedando menos familiares porque los viejitos ya se van falleciendo y bueno, los hijos que van falleciendo, algunos compran el diario, otros no, o sea, es así”, afirma con cierta resignación.

El oficio del canillita en la calle requiere la viveza del reflejo y la templanza del cuerpo. Estar parado en Kennedy y Roca implica convivir con el peligro del tránsito, donde el instinto debe estar siempre alerta para reaccionar a tiempo.

“Una vez tuve suerte acá con un accidente. Había un árbol acá y lo arrancó un auto, pasó por arriba del boulevard. Yo estaba parado ahí y bueno, dos o tres veces pasaron autos por acá, vivo de milagro” asegura sonriente con la serenidad de quien ha visto pasar la vida desde el borde exacto de la vereda.

¿Cómo cambió la venta del diario y los vecinos que salen a comprarlo?

La rutina de Raúl empieza mucho antes de que la ciudad despierte. Su jornada no sabe de desvelos ni de descansos prolongados; la disciplina del diario exige madrugar con el primer aliento del día.

“Yo me levanto a las cuatro de la mañana, cinco menos cuarto tomo el colectivo y me vuelvo en el colectivo que voy y vuelvo. O sea que acá estoy a las seis de la mañana hasta la que termino el último diario”, detalla sobre su ritual cotidiano.

Crónica es el único diario que se vende en la ciudad de Comodoro Rivadavia.

Los tiempos, sin embargo, cambiaron drásticamente. De aquellas épocas doradas en que la vereda bullía de lectores, hoy la realidad impone un ritmo mucho más austero, donde cada ejemplar vendido se celebra como una pequeña victoria.

“Antes era un poquito más llevadero la venta de diarios, pero ahora ya, con los años, cambió. No es la tecnología, sino que es la situación económica que estamos viviendo. La gente no compra ya el diario porque una, que no hay movimiento de autos como había antes. Y bueno, ahí es lo que estamos viviendo. Por ejemplo, antes yo venía, el diario que salía hasta la una de la tarde era vender los días de semana 120, 150 diarios, los días sábados ya un poquito más y los domingos ya eran 200, 250 diarios. Ahora son 20 diarios todos los días porque la gente ya no, no sé si no tiene plata o no le interesa comprar el diario”, explica en su parada habitual.

En este Día del Canillita, la figura de Raúl Picón encarna el alma pura del diariero tradicional: el hombre que no solo vende noticias, sino que custodia el pulso de su barrio, rinde homenaje a sus ausentes y sostiene con orgullo la pasión por un oficio que se resiste a desaparecer.

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