De activo prescindible a lastre insoportable
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De activo prescindible a lastre insoportable

El escenario que atraviesa Manuel Adorni dejó de ser una crisis de gestión para mutar en una agonía con final anunciado. Entre la interpelación que acecha en el Senado y una realidad judicial que se asfixia, el Jefe de Gabinete parece atrapado en su propia inercia destructiva. El dato político que debería hacer temblar los cimientos de la Rosada es que más del 80% de los argentinos le ha soltado la mano al otrora altivo vocero, hoy convertido en sinónimo de escándalo. Las denuncias por presunto enriquecimiento ilícito, omisión maliciosa y falsedad ideológica ya no son solo expedientes: son la evidencia de un bochorno sistémico que expone la podredumbre de un funcionario que se siente intocable.

Lo imperdonable de esta novela de baja estofa ya no son solo sus declaraciones cínicas sobre sus gastos. A ese historial se suman ahora obscenas compras de camas y sábanas de lujo y los 55 millones que terminaron en los bolsillos de su esposa —vía una productora vinculada al entorno de Karina Milei—. Pero, más allá de la corrupción, lo que agrava su situación es la mentira institucional: Adorni ha engañado al Congreso de la Nación, dinamitando la credibilidad de la administración Milei. Ha dejado al gabinete en ridículo y a toda La Libertad Avanza en jaque; mientras sus correligionarios intentan, con desesperación, proyectar una agenda para 2027, la realidad los atropella sin respuestas ante una ciudadanía que exige explicaciones sobre un escándalo que no tiene techo ni fondo.

En el Senado, el cerco se cierra con precisión quirúrgica. Tras una Labor Parlamentaria donde el oficialismo y los bloques dialoguistas lograron imponerse, el camino quedó despejado para el 2 de julio. Ese día, el Jefe de Gabinete no asistirá a una pasarela política; ahora en soledad, deberá someterse a un informe obligado y enfrentar una moción de censura si sus explicaciones -o la descarada ausencia de ellas- no logran aplacar a una oposición que ya huele la sangre.

Hoy, el nombre de Adorni es mala palabra. Nadie quiere estar cerca del “virus” que contagia de descrédito a todo lo que toca, esa “mancha venenosa” de la que todos huyen para no quedar salpicados. En Santa Fe, ni el gobernador Pullaro ni el intendente Javkin disimulan la aprensión que sienten ante la sola posibilidad de que Adorni aparezca en el festejo del Día de la Bandera arrastrado por el propio Javier Milei; el propio PRO rosarino le ha implorado al Presidente que, por favor, evite el espectáculo de llegar acompañado por semejante lastre.

La política es, a fin de cuentas, un tablero donde los números en el Senado empiezan a dictar sentencia, y donde Adorni ha pasado de activo prescindible a lastre insoportable. No es solo que él esté en caída libre; es que está arrastrando consigo la credibilidad de un gobierno que, por la ceguera y la terquedad de Javier Milei, ha decidido inmolarse en un laberinto de falsedades del cual, hasta ahora, no pueden salir.

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