Democracia: la fuerte preocupación que movilizó a los electores en Israel
A medida que pasaban las horas de este martes en Israel, lo notable de estos comicios legislativos para elegir su Parlamento número 26, al que llaman Knesset, hacía comparar el récord de participación hasta con la de los años setenta.
Tan sólo a las 2 de la tarde había votado el 45 por ciento de los 7,3 millones de electores, y el premier Benjamín Netanyahu sacaba por X mensajes en los que reflejaba cierta molestia. Llegó a decir que buscaban “robar” las elecciones.
La muestra de pasión, también vista en la decenas de miles de israelíes que volvieron a su país para votar en estas horas, llevó a los observadores a entender que estas elecciones no eran sólo un asunto relacionado con la seguridad, con las guerras con los palestinos, con sus vecinos, con Irán, el terrorismo, siempre temas sensibles en Israel.
Son estos los primeros comicios legislativos tras la masacre perpetrada por Hamas el 7 de octubre de 2023, cuando en su violenta incursión en territorio israelí, el grupo fundamentalista palestino asesinó a 1.200 personas, tomó de rehenes a 250 y se desataron sucesivas guerras de Israel en Gaza, Líbano e Irán. A pesar de todo ello, tanto las encuestas previas como lo que se veía en la calle mostró que esta elección decidía algo más que la permanencia o no en el poder del primer ministro Benjamín Netanyahu, el más longevo en la historia de este país. También se decidía por un tema que preocupa fuertemente a la población, según se decanta de todas las entrevistas efectuadas por Clarín en Israel: la democracia.
Benjamin Netanyahu y su esposa Sara, este martes en el centro de votación en Jerusalén. Foto: REUTERSVotos “por el cambio”
Mientras que Netanyahu sostuvo hasta último momento que su gobierno no tuvo fallas, y trató de insinuar sospechas contra la votación de los árabes israelíes, que son ciudadanos con los mismos derechos que los demás en el Estado hebreo, los distintos electores entrevistados por Clarín en una recorrida por los centros de este país a los que este diario fue invitado por la organización Fuente Latina contaron que fueron a votar por “el cambio”.
Deby es argentina y, a la salida de un activo centro electoral, un colegio en Tel Aviv, expresó que votó con “muchas expectativas”. No quiere ser filmada. Tampoco dar su nombre completo. Vive hace 20 años en Israel. Tiene 41. “Es la primera vez que votamos en tres años desde el 7 de octubre. Bibi está hace 25, si no me equivoco. El gobierno no no solo no se hizo cargo de lo ocurrido el 7 de octubre, tampoco después. Todavía no hay un juicio político, que es necesario que haya. Por eso creo que ahora va a haber un cambio, pues bajar a alguien que estuvo en el poder 25 años ya es un montón”, dice.
Deby, igual que muchos israelíes, hoy considera que la cuestión palestina debe repensarse, pero no ahora. A diferencia de los votantes de derecha que optaron por el general Gadi Eisenkot y que no desean conceder ahora la posibilidad de allanar el camino a un Estado palestino, sí cuestionan la falta de libertades que comenzaron a sentir en estos años y se quejan del peso de los ultranacionalistas y ultraortodoxos de extrema derecha que permitieron gobernabilidad y mayoría a Netanyahu.
Entre ellos, el líder del partido de extrema derecha Otzma Yehudit, Ben-Gvir, con claras expresiones de incitación al racismo y apoyo a una organización terrorista (el movimiento Kach). Sus posturas de mano dura respecto a los palestinos y promotor de una suerte de limpieza étnica provocan muchos rechazos, al igual que Bezalel Smotrich, ministro de Hacienda (y con competencias ampliadas en el Ministerio de Defensa sobre asuntos civiles en Cisjordania, donde los colonos israelíes mantienen una política de asedio y violencia contra los palestinos).
Una mujer lleva una bandera de Israel, mientras va a votar este martes en Tel Aviv. Foto: AP Líder del partido Sionismo Religioso, Smotrich es un firme defensor de la expansión de los asentamientos judíos en Cisjordania. Promueve medidas que aumentan el control israelí en los territorios ocupados, generando rechazo en gran parte de la comunidad internacional.
“El gobierno se transformó en una extrema derecha, y también un momento muy, de momento hace coalición con los religiosos, pasa ser un momento en que no sabemos bien qué va a pasar. Todo empezó hace más de 3 años”, dice Deby, mientras que a su lado una amiga dice que los religiosos deben incorporarse al ejército y pelear como todo israelí y dejar de tener beneficios, subsidios especiales, tratos “preferenciales”.
Es un fuerte debate aquí. Clarín entrevistó el martes a Liliane Pollak-David, del partido Yashan de Eisenkot, y dijo lo mismo sobre un país que debe reincorporarse sin sanciones a la “familia internacional” y que Netanyahu no ahoga ese proceso.
El peso de los ultraortodoxos
Por su parte, Eitan Ginzbur, argentino de nacimiento, abogó por reinstalar un Israel con poderes de Estado separados entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Eitan es miembro de la colectividad gay y, con cierto tono de queja de que en Israel sólo la ley religiosa, como en una teocracia, habilita los matrimonios, quiere volver igual a un Estado de diversidad que, siente, se está perdiendo.
Los ultraordoxos (o jaredíes) tienen un peso descomunal y creciente en Israel, actuando como uno de los pilares demográficos, políticos y sociales más influyentes del país. Son un 14 por ciento de la población ya y por la cantidad de hijos promedio que tienen para 2050 se cree que pueden llegar al 25%. En los últimos años su peso político creció exponencialmente porque Netanyahu los incorporó al gobierno y a sus decisiones para sostenerse en el poder con alianza en la Knesset.
Andy, entre tanto, es otro de los entre 60.000 y 80.000 israelíes que vinieron a votar en estos días. Prefiere preservar su nombre completo, pero señala que “su identidad es judía, pero más que nada, israelí”. Por eso, “el destino de Israel me es sumamente importante, porque define también el destino del pueblo judío y, de manera un poco más grande, el destino de Occidente”.
En ese sentido, también está presente en estos comicios las relaciones que buscan tener con los Estados Unidos. Muchos sostienen que la ayuda militar y política no perdurará para siempre y que necesitan pensar en sí mismos.
Filas en un centro de votación en Tel Aviv, este martes. Foto: EFE “Sentía la necesidad urgente de venir acá y de dar mi voto, porque no estoy de acuerdo con las políticas del gobierno actual de Netanyahu. Siento que lo que busca es protegerse a sí mismo por todas las demandas judiciales que tiene, y perdió el norte. Solía ser un muy buen 1.º ministro, pero perdió el camino, se le perdió la brújula, básicamente. Y vine acá para votar y cambiar esta situación, ayudar al cambio después del 7 de octubre, creo que se necesita de otro gobierno, porque el que cometió los errores no puede repararlas, y se necesita de de otro liderazgo más ético, más visionario, más sionista, que no vende el país a los ultrarreligiosos solo para mantenerse en el en su lugar”.
Dijo además: “Mi voto es un voto de derecha, estoy a favor de de las políticas de la derecha y considero que Likud hoy en día ya no representa la derecha. Es una derecha sionista, en el sentido de la protección de los intereses del Estado de Israel. Eso, esto dicho, no significa que rechaza la paz, al contrario, es una paz que viene desde la fuerza y no desde la debilidad”.
En otro centro de votación, una manifestación de jóvenes vestidos de rosa, en bicicleta, con globos y corazones, aboga por la libertad sexual. No es una comunidad integrada a los partidos árabes, pero sí a la izquierda de los llamados Demócratas. Dicen que los religiosos quieren abolir un país que nació libre y quiere libertad, la libertad de ser iguales, “el judío, el árabe”, todos “viviendo en paz”. Es curioso el presente en Israel, donde las prioridades van cambiando. Si la violencia del terrorismo de Hamás los unió el 7 de octubre, hoy otras amenazas de origen interno también aglutinan a los votantes que buscan un cambio.
Fijaciones.ar
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