El arte de no quedarse quieta: María de los Dolores Barrientos y la ilusión de pintar a los 88 años
Nació en Galicia, llegó al país a los 17 años y hoy es un emblema de vitalidad en Kilómetro 4. A sus 88 años, le escapa a la quietud entre pinceles, telas de flamenco y el volante de su auto. Retrato de una mujer que encontró en el taller de la Vecinal del Barrio 25 de Mayo su mejor medicina: la ilusión de seguir creando.
A los 88 años, hay quienes eligen el reposo, el silencio o la contemplación mansa de la televisión desde un sillón. Pero sentarse, para María de los Dolores Barrientos, es casi una declaración de enfermedad. “Me enfermo quieta”, le confiesa a Crónica en la vecinal del barrio 25 de mayo con esa tonada que mezcla la firmeza de su Galicia natal con las décadas de viento patagónico en el cuerpo. Por eso, religiosamente, cada semana asiste a la Vecinal de Kilómetro 4, buscando el óleo, los pinceles y, sobre todo, la vida.
En ese momento, el taller de pintura es su lugar en el mundo. Allí, con la tranquilidad que le trajeron los años, pinta un caballito para regalo. No hay apuro, la ansiedad de terminar los cuadros a contrarreloj ya quedó en el pasado. Ahora se toma las cosas con calma, aunque su definición de “calma” incluya confeccionar trajes, andar en bicicleta, tejer y, recientemente, lanzarse a bailar flamenco.
Un conventillo en Km 5 y el secreto de una amistad eterna
La historia de María Dolores con los pinceles es relativamente nueva —comenzó hace apenas cuatro años—, pero su vínculo con el arte de hacer cosas con las manos viene de toda la vida.
En su casa ya no quedan paredes libres: la cocina, el quincho, las habitaciones; todo está tomado por sus obras. “Lo calco porque no sé dibujar”, dice sin rodeos, desmitificando el oficio con una honestidad entrañable. “Pero para mí es una ilusión terminar un cuadro. Porque es algo que hice yo, la obra que hice yo”.

Ese aprendizaje autodidacta no lo transita sola. Su cable a tierra y su “curadora” oficial es una amiga de toda la vida, una compañera de Palazzo que ya lleva una década pintando. La historia de esa amistad comenzó a mediados del siglo pasado, y lejos de acá. “Nos conocimos en el Mirador Julio de España en abril del año cincuenta y cinco. Vivía en el mismo conventillo donde fui a parar yo, en Kilómetro Cinco. Y somos amigas toda la vida”, recuerda María de los Dolores.
Hoy, la tecnología acorta los kilómetros: le manda una foto del lienzo por celular, le pide consejo y, entre mates virtuales, sigue puliendo el trazo.
“Manejo mejor que lo que camino”
Hija y nieta de mujeres activas, María de los Dolores llegó desde España a la Argentina cuando tenía apenas 17 años. Volvió a su tierra a pasear, a ver a la familia, pero el arraigo ya tenía otras coordenadas. “Cambié totalmente mi mente y estoy más argentina que española”, asegura. Tanto es así que para el último mundial se cosió ella misma un vestido celeste y blanco, sacó a relucir un poncho con el sol incaico y un pañuelo a tono para ir a festejar al centro con sus nietos.
Su hija mayor no se lo discute: “Mamá vos sos más argentina que nosotras”. Esa misma pasión la defiende arriba de su auto.
A pesar de los retos familiares por el carnet de conducir, ella tiene su propia teoría médica y existencial: “Yo ando mejor manejando que caminando. Me siento más cómoda porque no voy mirando si me caigo, si me tropiezo. Es mi vida, es mi cabeza”.
El secreto de la eterna juventud
Cuando se le pregunta qué le diría a aquellas personas de su misma edad que ven pasar los días desde la inercia, María de los Dolores no duda. No hay recetas mágicas, solo una postura ante el almanaque y admite: “para vivir, para seguir viviendo, seguir haciendo cosas, ilusionándose”.
Y toma al movimiento como medicina al asegurar “siempre uno tiene que estar activo para sentirse bien. Porque yo me siento y ya me duelen las piernas, me duele acá, me duele allá… Digo: ¿qué puedo hacer? Y busco una actividad”.
María de los Dolores Barrientos. Ochenta y ocho años que le escapan a la quietud, que esquivan las fotos por timidez pero que imponen su presencia con la potencia de quien sabe que la vejez no es un punto de llegada, sino un lienzo que todavía se puede seguir pintando.

