La levedad (y el peso) de llegar...o no
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La levedad (y el peso) de llegar…o no

Decía Milan Kundera, quien escribió “La levedad del ser”, que la vida se nos presenta como un peso insoportable o como una levedad intolerable. A los argentinos, lamentablemente, nos tocó el combo completo y amplificado: nos sobra el peso de saber que no hay mucho en los bolsillos para intentar llenar el carrito del supermercado de mitad de mes para adelante, y nos sobra la levedad cínica de los discursos oficiales que, de prometer una mística de renovación, terminaron mutando en un ruido ensordecedor de acordes disonantes.

Mientras la macroeconomía se debate en una eterna pulseada de planillas Excel -orquestada por eruditos de la matemática y economistas aplaudidores seriales del modelo-, la calle transita otra película muy distinta, y de comedia tiene bien poco. Ir al almacén de la esquina se transformó en un número de equilibrismo circense, donde cada billete se evapora al compás de una inflación que ahoga sin piedad. Es el peso impiadoso de lo cotidiano, ese que no entiende de teorías abstractas, de blindajes mediáticos ni de grandes relatos épicos escritos desde oficinas con aire acondicionado y sin vista a la calle.

Del otro lado del mostrador social, la dirigencia opera con una liviandad que indigna. Una liviandad que aturde, totalmente desconectada de la realidad y atada a las mezquindades del aplauso digital y el protagonismo personal. Nos quieren convencer de que los problemas estructurales más profundos se desvanecen con eslóganes vacíos o con un optimismo forzado en redes sociales, que termina estrellándose contra la pared fría de una heladera que cada vez cuesta más llenar.

Hemos transitado cristinismos, macrismos y ahora este presente libertario; votamos una y otra vez creyendo que cada giro de timón iba a marcar la diferencia definitiva. Pero el baño de realidad es implacable: la mezquindad política no reconoce colores partidarios, no tiene ideología genuina, solo se recicla al ritmo de la miseria humana.

Entre el agobio de lo que pesa y la levedad de los que viven en su propia nube, el ciudadano común hace malabares todos los días para no caer al vacío. No estamos para divagues filosóficos de salón, pero sí para ponerle palabras al absurdo de una vez por todas: gobernar un país no es flotar cómodamente en una nube de estadísticas alegres, es hacerse cargo, de una buena vez, de la gravedad que nos pisa los talones.

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