Otro indicio crítico: se multiplican los puestos de comida callejera en Salta
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Otro indicio crítico: se multiplican los puestos de comida callejera en Salta

La postal urbana de los barrios de Salta cambia con rapidez. En otras crisis históricas, uno de los indicios de la falta de trabajo fue la multiplicación de puestos callejeros de comida, un fenómeno que hoy vuelve a repetirse.

Una docena de empanadas a 7.000 pesos, un pollo a la parrilla por 13.000 o un tamal a 700 pesos hacen dudar a cualquiera que sepa cocinar. Sin embargo, la oferta es noble: se trata, en su mayoría, de organizaciones familiares que salen a vender a la calle ante la evidente falta de empleo en la ciudad. Así, también se encuentran platos de locro a 6.000 pesos.

Y aun así, la venta está dura.

A la falta de trabajo se suma la caída del consumo, producto de los bajos ingresos. En la intersección de avenida Usandivaras y la vía del ferrocarril se concentran ocho puestos de venta de comida. Solo en ese punto, la oferta es variada, abundante y tentadora, con precios relativamente bajos: pechitos de cerdo, milanesas a la napolitana, asado, pollo a la parrilla, humitas, tamales y papas con queso. El olor es irresistible, especialmente los fines de semana. Allí, una docena de empanadas cuesta alrededor de 10.000 pesos y un pollo a la parrilla con guarnición ronda los 23.000 pesos.

Sin embargo, la venta sigue siendo escasa. Las sillas vacías de las improvisadas fondas permanecen sin uso durante gran parte del fin de semana.

“Aumentó todo y nosotros no podemos aumentar los precios. Si así vendemos poco, subiendo ya no venderemos nada”, cuenta un empanadero que trabaja en la zona desde hace nueve años. “Lo que más aumentó es la carne, pero también el queso y el carbón”, agrega. Él prepara papas con queso, uno de sus productos más pedidos, pero explica que el costo del carbón -indispensable para la cocción- se disparó: “De 1.800 pesos en enero pasó a 6.000 antes del 1 de Mayo”.

“La gente sigue comprando, pero ya no como antes. Preguntan más, comparan precios o directamente comparten”, explica José, vendedor de la zona sur. Según detalla, los aumentos en insumos básicos como el pan, la carne y el aceite obligaron a remarcar varias veces en lo que va del año.

En este escenario conviven dos realidades. Por un lado, quienes dependen exclusivamente de esta actividad para subsistir y ven reducidos sus márgenes de ganancia, ya que no pueden trasladar todos los costos al precio final sin perder ventas. Por otro, quienes venden comida como un ingreso extra: comerciantes o trabajadores que priorizan la calidad de sus productos, incluso a costa de vender menos.

Una impresionante cantidad de puestos de comida callejera se puede ver en toda la zona norte, desde la zona de la UNSa hasta Vaqueros inclusive. Lo mismo en el sudeste siendo Solidaridad la más imopresionante. En el oeste, por toda la avenida Usandivaras, hasta San José y Santa Lucía. 

“Lo que más subió es la carne, por eso nosotros ajustamos los precios: seguimos apostando a cocinar con buenos ingredientes”, señala un emprendedor de la avenida Juan XXIII al 1.100. Se trata de un comedor familiar que abre solo los fines de semana, con precios algo por encima del promedio, aunque todavía accesibles para distintos bolsillos. Allí, Erika Pastrana prepara pique a lo macho, cordero y carnes mechadas, además de comidas regionales.

“Es un extra que nos permite darnos algún gusto, viajar o hacer arreglos en la casa. Incluso, alguna vez nos ayudó a llegar a fin de mes. Pero es un emprendimiento familiar: todos tenemos otros trabajos”, explica.

El panorama, en síntesis, es cada vez más complejo: trabajadores con empleo que salen a la calle a completar ingresos, personas desocupadas que encuentran en la comida una salida inmediata y familias con recursos tan limitados que ya no pueden permitirse comer afuera. A esto se suma la sobreoferta de puestos, que presiona los precios a la baja y reduce aún más los márgenes de ganancia.

A pesar de todo, la comida callejera sigue siendo una de las opciones más elegidas por estudiantes, trabajadores y turistas. Su practicidad, sabor y tradición en la cultura salteña la mantienen vigente, aunque cada vez más condicionada por la economía.

En este contexto, comer bajo una mora o una lona, en mesas compartidas, continúa siendo una postal típica de Salta, pero ya no necesariamente sinónimo de economía. La calle, como termómetro social, refleja el ajuste cotidiano que enfrentan tanto vendedores como consumidores.

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